
Ante la muerte arrecia una duda elemental:
los átomos quebrados de la conciencia humana:
desfase transhumano que se traduce en colapso:
reducto interno del intento de narrar el tiempo
y olvidar el reflejo cegador
de la carne descompuesta.
Meridiano de ausencias, llegamos
al extremo de la posibilidad con la palma abierta,
algo que también viven los lagartos
cuando sienten a su Dios recostado y derrotado.
Es tiempo de sangre y de cuerpos acelerados.
Cuerpo de los que empujan como enanos
la historia del hombre en la tierra
antes que tomar a secas el destino despojado.
Retruécano de ti. Hambre de absorbente montaña.
Luchar tiene un sentido,
si el camino dividido
encuentra un ajuar
donde molerse.
Ruedan juntas las notas de un piano
eterno, constante, malvado y risueño
como un desandar lo andado
a ciegas, en la memoria que nos pertenece.
Mientras tanto, un carromato avanza
cargado hasta la saciedad
de materia chamuscada.
Pasa un avión y suena almidonado,
pasa un camión
y el estruendo se hace llanto escondido tras las gafas
de los que se quedan,
aunque también haya otro trazo
en la esperanza del humano.
Se turnan bipolares los destinos en medio
de los miedos coloreados
y una bruja vestida de armani ríe y ríe más allá de la sonrisa,
torciendo la cabeza, sacando de ella un bebe clonado
que también ríe, como ebria respuesta descubierta.
Desnudo para sostener entre mis dedos una mirada amarga
y me deshago, para ser inconsistente, para poder ser dotado
de la magia de sentirme atado y resistente
sobre sus pestañas.
Alucinadas las farolas esperan el paseo del féretro,
cae la lluvia y el mantón de nubes que cubre las alegrías
lo hace todo un poco más opaco.
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