
(Gerhard Richter, Terra)
Nos hemos transformado, eso es indudable,
hemos visto corroerse la carne, perder el oído, desplazarse la grieta por donde entraban exhaustos los cachorros.
Hemos transformado todo lo existente a golpe de avión,
de substancias sintéticas, de oscuras redenciones surgidas de la absenta.
Caminamos bajo farolas que ahuyentan los pájaros en el aire
y bajo el suelo hemos construído un laberinto de heces.
Picando teclas hemos reordenado el pensamiento
convirtiendo la historia en corta y pega, en cápsulas infinitas de infinitos océanos de barro.
Creíamos que no creer nos salvaría
pero no hemos renunciado a tener descendencia,
ni a poseer un carro, ni una azada con la que arar las estrías.
Viajamos, cámara en mano, como si el disparo fuera a retener la vivencia de ese futuro pasado.
Confíabamos en la fuerza de las imágenes,
pero éstas no son más que gajos.
¿Donde queda la consistencia cuando no estamos?
Hemos intercambiado la verdad por la crítica,
el arte por la palabrería, la confianza por el desengaño,
y ahora vemos las paredes tiroteadas de Bosnia como un cuadro,
los gritos de Marrakesch como si fueran sebosos dardos desmayados.
Vemos la muerte como un descuido previsible. Ya no nos conmueve lo invisible.
Preferimos tener cientos de miles de euros en la mano que un solo descanso. Y nos desgastamos
y al desgastarnos apostamos por seguir consumiendo energia,
energia que hemos reconvertido en desprecio hacia los demás,
en tiempo para despilfarrar, en palabras que olvidar.
Es curioso, pero dentro de esta transformación inalterable
no hemos olvidados quienes somos,
aún podemos tender un puente umbilical
que zurza todas las heridas con todos los engaños,
con todas las alegrías, con todos los llantos.
Aún podemos bordar someramente un resumen de todos los amantes que han pasado,
marcar con una flecha las promesas,
trazar un círculo con la mano y contemplar
que ha sido de nuestra vida y de su devenir pasado.
Eso somos, una flecha, una punta, una estaca que penetra el adoquín adulterando el sonido de los coches, una columna en medio del jardín de Epicuro, un cuchillo para cortar las venas del desarraigo.
Y seguimos confiando, a pesar de todo,
a pesar de una desbocada postmodernidad,
de una juventud drogada,
de un destino resquebrajado,
seguimos confiando en los amigos,
volvemos a las palabras sencillas, al amor, a la paz,
al deseo de ser nosotros mismos.
Después de todo, no hemos aprendido nada y eso nos libera.
Una y otra vez, una y mil veces empezamos.
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